¡Varadaaa! Suena la voz de aviso para la próxima ola grande en “el reventón”, donde la altura de la cresta acuática es mayor, justo en la desembocadura del barranco de San Sebastián de la Gomera. Un grupo de jóvenes nativos exhibe sus habilidades varando olas a cuerpo limpio, sin tablas; son los años cuarenta del siglo XX. Y la pregunta obligada: ¿Cómo empezó esta actividad conocida en todo el mundo y cuyo origen se atribuye a los primeros hawaianos, de nombre surf? Dos archipiélagos volcánicos, dos pueblos nativos ¿casualidad? O ¿se trata de algo natural en poblaciones costeras con playas? Lo que sí puedo dar fe es de que al menos hasta mi generación se trasmitió de padres a hijos como una tradición. Mi padre era uno de esos jóvenes y mi maestro particular en la varada de olas. La primera lección que recuerdo era perder el miedo, que no la prudencia; había que cambiar la tendencia natural de huir de la ola por la de ir a su encuentro y elevarse con ella o atravesarla sumergiéndose mientras pasaba sobre nosotros.

Luego, prácticamente aprendíamos solos, de forma natural mientras íbamos conociendo los secretos del océano, el tipo de ola, etc. Eso sí, la pasión era un sello de esta actividad, recuerdo pasar hasta tres horas en el agua sin traje de neopreno y al salir casi no poder andar de la hipotermia. Cuando en la Playa de Las Américas había olas mi hermano y yo íbamos corriendo a la playa como si se fueran a escapar. También recuerdo la anécdota de un extranjero que nos preguntó si éramos de la isla, fascinado por el espectáculo. Varábamos a cuerpo limpio, había que ir hacia la ola y luego conectarse con ella para, en el momento preciso, nadar a velocidad punta y engancharse a la gran masa de agua en movimiento.  Entonces, un aleteo de brazos y la posición correcta del cuerpo hacía lo demás, el momento buscado, volar con la ola hasta la orilla. Las olas mejores eran las que se iban rompiendo poco a poco, de esta forma nos empujaban literalmente metro a metro, las clásicas olas circulares a que todo el mundo está acostumbrado en el surf no eran buenas porque te lanzaban hacia el fondo.

La guinda la ponía una experiencia que descubrimos en una de las playas antes de que construyeran los diques de protección, enemigos de las olas. Aquí, en días especiales la ola reventaba contra la plataforma costera y formaba una contra ola; cuando esta contra ola chocaba contra la siguiente ola se formaba un pico de agua que se elevaba muchos metros. El arte era lograr estar en el momento preciso donde chocaban ambas olas y elevarse a las alturas; recuerdo alguna vez de ser lanzado centímetros al aire, fuera del agua. No hay testigo visual de nuestras varadas, ni de los picos mágicos, sirva este escrito como testimonio de una tradición memorable en esta Tierra Atlante.

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