El arte de escribir. Por Olga Valiente

La mayoría de las personas cree que ser escritor consiste únicamente en saber contar una historia, sin embargo, para poder escribirlas, antes hay que saber escucharla

Algunas de esas historias aparecen cuando el ruido de alrededor comienza a apagarse. Otras nacen, casi sin darte cuenta, mientras disfrutas del aroma del primer café de la mañana que dejas enfriar sobre la mesa, de una conversación ajena que escuchas sin querer de camino al trabajo o de la sonrisa que te dedica la primera persona con la que te cruzas por la calle.

Quizá la inspiración provenga de alguna de las ventanas iluminadas del edificio de enfrente o, simplemente, te resuene en el sonido de las gotas de lluvia chocando contra el suelo.

Casi nadie suele reparar en esas pequeñas y cotidianas escenas excepto el escritor.

En la mente del escritor, la memoria toma el control y decide guardar un pedacito de cada una de esas escenas que saldrán a la luz cientos de páginas después.

Porque escribir es eso: es pasar varias horas buscando la palabra exacta para definir o expresar algo que una vez se quedó guardado en un rincón de la mente y que, en realidad, por muy sencillo que parezca, no puede explicarse con palabras.

Borramos párrafos enteros solo porque parece que una frase no encaja del todo, porque no define la emoción que sentimos aquel día, la sensación que experimentamos en aquel preciso momento.

Dudamos de cada palabra, de cada página, de cada personaje y, sobre todo, de nosotros mismos.

Hay días en los que llegamos a pensar que elegimos el camino equivocado y no servimos para escribir, mientras que otros, en cambio, la frase perfecta aparece en el momento justo para devolvernos la fe y hacernos pensar que todo el esfuerzo merece la pena.

Pero, así como casi nadie sabe la importancia de aprender a escuchar, casi nadie tampoco conoce la soledad que muchas veces acompaña a los que escriben. No se trata de una soledad triste o enfermiza, sino de una donde cientos de voces se juntan en una misma habitación vacía.

Mientras los demás duermen y la casa descansa ya a oscuras y en silencio, el escritor discute con personajes que todavía no existen, intenta viajar a lugares donde todavía no ha habido nadie, ríe con chistes que solo existen en su cabeza y llora con la muerte de alguien cuya vida se ha limitado a unos cuantos archivos en el ordenador.

Y cómo duele decir adiós cuando una historia se termina, momento en el que desaparece la inseguridad y la falta de confianza y aparece el miedo a publicar, a que la historia no sea lo suficientemente buena y el libro no esté a la altura, a recibir silencios en lugar de buenas opiniones de quienes se animan a leer, a que la historia en la que tantas ganas, tiempo y esfuerzo hemos invertido pase desapercibida entre las miles de portadas existentes.

Porque el escritor deja más que una historia plasmada dentro de un libro; deja su intimidad, sus sueños y batallas, sus creencias y emociones, una parte de su desnudez que decide mostrar sin tapujos a personas desconocidas. Y todo eso sin contar las largas noches en vela, de cafés fríos sobre la mesa, planes cancelados, borradores eliminados y conversaciones interrumpidas por una idea que se atraviesa en la mente como la estrella fugaz que ilumina el cielo nocturno y no puedes dejar de mirarla, exigiendo dejar absolutamente todo y ser escrita antes de desaparecer para siempre.

Y es que escribir no se elige, se respira. Es una forma de vida que una vez te llega al alma se queda contigo para siempre, llamando a tu puerta a cada instante, cada día y en cada momento, demostrando al mundo que no es el escritor quien encuentra las historias, sino ellas las que lo buscan y lo atrapan. Y quizá esa sea la mayor de las recompensas de quienes hacen de escribir su modo de vida: saber que, aunque nuestro nombre caiga en el olvido, algún día habrá alguien que abra nuestro libro y encuentre, en una de nuestras historias, que cada una de nuestras palabras pone voz a algunos de sus silencios.

Y en ese momento, dos desconocidos dejarán de estar solos y todo habrá valido la pena.

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