Entrevista: Vidal Bolaños
La poesía puede convertirse en refugio, altavoz, denuncia y también en una forma de mirar aquello que muchas veces preferimos no ver. Desde esa convicción nace Memorias de la Tierra sin tiempo, poemario con el que Sandra Morejón ha obtenido el III Premio de Poesía Social Balbina Rivero.
Trabajadora social y escritora, Morejón construye en esta obra una mirada poética sobre nuestra relación con el planeta, el deterioro medioambiental y la responsabilidad colectiva ante un futuro que todavía, pese a todo, quiere contemplar desde la esperanza.
En esta conversación para ACTE Canarias, la autora explica el origen del libro, reflexiona sobre la vigencia de la poesía social y aborda el poder transformador de la palabra.
Desde muy joven he sentido una conexión especial con la naturaleza y también he reflexionado sobre cómo nos relacionamos los seres humanos con ella y entre nosotros mismos. Cómo nos tratamos unos a otros define, en buena medida, nuestra relación con los demás seres con los que compartimos el mundo que habitamos: animales, plantas y el entorno en general. Tal como somos, nos manifestamos.
Memorias de la Tierra sin tiempo nace de mi preocupación por el deterioro que la humanidad ha causado al planeta, un lugar que no nos pertenece, sino que constituye un hogar temporal para nosotros y para otras especies.
Quizás surgió, además, del miedo y de la angustia persistentes que sufrí durante una temporada ante la degradación del entorno natural. En psicología, esta aflicción se conoce como ecoansiedad o ansiedad climática. Reconozco que este fenómeno me mortificó durante mucho tiempo y mis inquietudes literarias me impulsaron a plasmarlo en estos versos.
Actualmente, esa preocupación continúa latente, aunque he ido asumiendo el alcance de nuestro impacto sobre la Tierra.

La memoria es la de un planeta habitado al límite que relata su propia biografía durante los últimos días de su existencia. La Tierra, hastiada de tanto maltrato y expolio, contempla cómo se le agota el tiempo, sin margen para regenerarse, sin opciones para curarse de la enfermedad que el ser humano le ha infligido y sin un ciclo de respiro que le permita sanar.
Me atrae mucho el concepto del animismo y su significado. Por ello, estos tres ejes otorgan voz propia al universo en el que, más que inmersos, parece que nos encontramos perdidos.
El animismo, del latín anima, «alma», alude a la creencia de que todo posee vida propia, incluso los objetos aparentemente inanimados, como las rocas o el agua.
Memorias de la Tierra sin tiempo es un reflejo de esa idea. El animismo se transmite y recita a través de un planeta, un mascarón, los vientos alisios, una galaxia o un faro; voces que cobran vida clamando por un cambio.
Dada mi profesión como trabajadora social, este estilo poético está ligado a mi forma de ser y a la necesidad personal de poner voz a situaciones que considero injustas e inadmisibles.
La historia de la humanidad siempre ha caminado junto a urgencias, conflictos y desigualdades generadas por nuestra propia naturaleza. La diferencia de la época actual es la globalidad: hoy conocemos prácticamente al instante los conflictos acontecidos en cualquier rincón del mundo, mientras que antaño estos problemas se circunscribían, en gran medida, al entorno más cercano, regional o nacional.
Todos los poetas, desde Homero hasta la actualidad, han manifestado las inquietudes de sus respectivos periodos históricos. A mí me ha tocado esta era, y escribir poesía social ahora no es tan diferente de haberlo hecho hace tres mil años.
La literatura, en cualquiera de sus géneros, transforma al lector y su visión de la vida. La poesía, en concreto, tiene para mí una virtud añadida: su capacidad para contener un mundo entero en un solo verso.
La poesía es directa. Nos hace reflexionar cuando nos detenemos a escudriñar una metáfora que puede tener tantos significados como lectores.
Es una parada de guaguas en la que podemos sentarnos y dejar pasar el vehículo para respirar un poco antes de continuar el camino. Es un medio fabuloso para observar nuestra propia existencia de una manera que nadie nos enseña, salvo a través de su lectura.
He encontrado en ella un potente altavoz, una excelente herramienta para transportar un mensaje.
La poesía es la escalera que nos permite subir al escenario para descubrir qué existe detrás de los trucos de un mago y, al mismo tiempo, es la propia magia que transforma nuestra mirada sobre aquello que sucede alrededor y dentro de nosotros mismos.
Creo que el mensaje social y la estética del poema pueden convivir en equilibrio sin que uno vaya en detrimento del otro. La poesía también es armonía.
Es verdad que, durante el último año, debido a un proceso grave de salud que estoy viviendo, he escrito otro poemario que podría resultar duro por la temática de la enfermedad. Aun así, he cuidado las metáforas y la métrica, cerrando cada pieza con un mensaje de esperanza alejado del drama.
Aquí volvemos a esa cualidad casi alquímica de la poesía como instrumento capaz de convertir la situación más cruda en belleza. Es un catalejo que acerca nuestra mirada más allá de lo evidente.
En este sentido, intento transformar lo indeseable en una composición artística que me ayude a modificar esa situación o, al menos, a transitarla de la mejor forma posible. La poesía reconforta y, por ello, también puede convertirse en una maravillosa terapia.
Para llevar esta idea al papel —siempre escribo primero en una libreta, con lápiz y goma, antes de pasarlo al ordenador— me centro inicialmente en la emoción y en transmitir aquello que sale de mi corazón de la forma más pura posible.
Después busco las palabras que definan esa inquietud con la carga precisa de emoción o compromiso. Finalmente, pulo las estrofas mediante la métrica, la rima o el verso libre, dependiendo de la intensidad lírica de cada poema.
Me dejo llevar por los versos. Ellos me indican cómo debo escribirlos; los escucho.
Quería recuperar una realidad que me preocupa desde la juventud: el descuido generalizado hacia el medio ambiente. Ha sido una fuente de angustia constante.
Hago todo lo que está en mi mano por contaminar lo menos posible, siendo consciente de que mi sola presencia en el planeta ya genera un impacto. Aun así, no percibo que la situación global esté mejorando.
Supongo que es un escenario muy complejo debido, entre otras cuestiones, a la superpoblación mundial, por lo que intento no quedarme estancada en una visión catastrófica del futuro.
Simplemente intento aportar mi granito de arena pensando en la siguiente generación, a la que dedico este poemario a través de mi hijo.
A pesar de todo, mantengo la confianza, o quizás la ilusión, de que la situación pueda reconducirse en algún momento.
Con esa idea y con la palabra «esperanza», que me parece una palabra preciosa, finalizo el libro con el poema Memorias de una esperanza.

Creo que este poemario se enfoca principalmente en mi memoria individual, ya que parte de una visión muy particular.
También adquiere una dimensión familiar cuando pienso en cómo estará el planeta cuando mi hijo tenga mi edad.
Y, al tratarse de poesía social, por supuesto también abarca una memoria colectiva que espero perdure en el tiempo como un grito de mi generación pidiendo auxilio para revertir esta hecatombe.
Aunque desde algunas partes del mundo no lo percibamos de manera directa, existen lugares convertidos en auténticos estercoleros en los que siguen habitando seres humanos. Cuando lo veo, se me rompe el corazón.
Esa angustia la materialicé en el poema Memorias del vertedero.
Es muy especial por dos razones.
La primera es que vinculo mi profesión como trabajadora social con este tipo de poesía. Supongo que existe una especie de deformación profesional, un sesgo de percepción en el que la realidad se tiñe de filtros laborales cuando los aplicamos también a la vida personal. O quizás sea, simplemente, sensibilidad.
La segunda razón que hace entrañable este reconocimiento es haber conocido a Balbina Rivero durante el acto de entrega de premios.
Compartir con ella una jornada completa me brindó la oportunidad de descubrir a una gran persona y poeta. Me pareció muy cercana y se mostró tan interesada por mi vida personal que la conexión entre ambas fue inmediata.
Más que con un premio, vuelvo a casa con una gran amiga.
Sí, dos en particular.
El primero es Memorias del Barranco Guiniguada, que fue la semilla de todo el proyecto. En él rememoro cómo era este precioso espacio natural cuando yo era niña y jugaba allí, contrastándolo con el estado en el que se encuentra actualmente y con la forma en la que niños y niñas juegan hoy en nuestras ciudades.
El segundo, que representa muy bien el alma del poemario, es Memorias de los okupas terrícolas.
Son versos que reflejan nuestras ansias por alcanzar hasta el último rincón del planeta, con ese deseo enfermizo de poseerlo todo sin querer renunciar a nada y que, finalmente, nos conduce hacia una insatisfacción permanente.
Quizás con dos preguntas que para mí son fundamentales:
¿Cómo podemos ser tan insensatos como para destruir nuestra propia casa?
Y, sobre todo:
¿Qué parte de la belleza del mundo estamos todavía a tiempo de salvar?
Sandra Morejón es la autora de Memorias de la Tierra sin tiempo, obra ganadora del III Premio de Poesía Social Balbina Rivero.
Entrevista realizada por Vidal Bolaños para ACTE Canarias.