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Cande Rodríguez

Un trozo de cerámica rota apareció bajo mis pies. No se apreciaba bien sus formas, pero creo que las pocas líneas negras que se distinguían fueron en su día un adorno floral. Yo iba a continuar caminando, pero retrocedí unos pasos para ponerme a la altura del trocito de... ¿tacita de café? No dudé y la cogí, la contemplé unos segundos: los suficientes para soñar. La guardé en el bolsillo de mi pantalón, no sé por qué. No hizo falta mucho más para preguntarme a quién podría haber pertenecido. El antiguo faro de la Punta de Abona cerrado desde 1978 estaba a su lado. Un edificio vacío y triste. Pensé que, por aquel entonces, estaría lleno de voces, de calor, de risas y también con toda seguridad, de lágrimas. Escuchaba un niño jugar y su madre llamarle. En mis lucubraciones, no pude ponerle nombre, pero sí interrogantes.

¿Quién había tomado café mientras charlaba? ¿De qué hablaría? ¿Con quién? La mujer del farero, quizás. Rápidamente recordé aquella maestra de literatura que estuvo viviendo en un faro. Lástima mi mala memoria aumentada con el tiempo, no le presté mucha atención a sus historias, cuando en medio de la clase, interrumpía con entusiasmo y como ensimismada, contaba su experiencia, allí, aislada del mundo. Solo recuerdo que aquello, lo que fuera que relataba, me parecía mágico.

Nostalgia.